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Inca de Oro: Viaje al corazón de la trinidad de plata de la Región de Atacama

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por Jorge Díaz

– Vamos al pueblo de Cuba, a la estación… dónde está?

– En la antigua casa de solteros, que es todo lo que hoy queda de ella.

Son las 3 de la tarde en punto y Fidel -nuestro guía- nos espera en la antigua estación de trenes de Inca de Oro, otrora llamado “Pueblo de Cuba” en referencia a los grandes contenedores de agua que surtían del vital elemento a los más de 4000 habitantes que recorrían las calles del corazón minero de Atacama. Eran años felices llenos de metales preciosos y riqueza… económica y cultural.

-Todos llevan agua? Pregunta Fidel… y casco, lentes?. Somos 6 viajeros con una gran incógnita: cuántos elementos y objetos presentes en los relatos quedarán en el pueblo y sus alrededores? Son semanas las que llevamos resonando una y otra vez en nuestras cabezas las historias acerca de mineros que descendían más de 500 metros de profundidad en piques verticales, sin más protección que una cuerda; una escuela encima del cerro y antiguos pirquineros que aún resisten el paso del tiempo, el desarrollo y una que otra enfermedad. Nos preparamos, estamos listos física y psicológicamente para retroceder en el tiempo en una de las pocas “máquinas” dedicadas a tales fines que aún sobreviven en el desierto más árido del mundo, casi perdida entre los caminos de un mágico lugar llamado Atacama.

Es increíble que estando a tan solo 100 km de Copiapó (capital regional de Atacama) nos encontremos tan profundo en una historia ubicada en otro tiempo… casi en otro espacio. Avanzamos siguiendo a Fidel para recorrer la plaza del pueblo, con su intacta pérgola y árboles que se mantienen firmes como haciendo burla al desierto. -Vamos al museo, dice Fidel contemplando de frente las amplias calles que nos ven recorrer “Cuba” con ojos maravillados mientras oímos la historia de un barco de 35 pies de largo y ocho toneladas de peso fabricado íntegramente en Inca de Oro durante la década del 40 y que, como por obra del celo de la tierra que lo vio nacer, nunca pudo surcar los mares; “Nautilus” se llamaba.

Avanzamos, nos detenemos, hacemos fotos a la belleza arquitectónica de las antiguas “casas de los chinos”. De pronto un pequeño letrero de Pino Oregón montado sobre una casita hecha enteramente de roble capta nuestra atención, llegamos al museo. Ingresamos de a uno, lentamente, como en una ceremonia improvisada para mostrar nuestro respeto a los años contenidos en esos 60 metros cuadrados de madera. Ya estamos dentro, en silencio y con los sentidos abiertos. Una fotografía en sepia cargada de olor a décadas es como una ilusión; -enjuga tus ojos, me dice un amigo y descubro que era real, ya no sé cómo describirlo.

Una mesa barnizada decorada con un archivador lleno de nombres al centro, una silla de cuero y madera junto a ella. Un teléfono de otro tiempo, una calculadora de metal y una máquina de escribir alrededor. No sé si son mis pensamientos o el murmullo de los fantasmas que aún trabajaban ahí, pero oigo claro un diálogo acerca de gramos y valores. Hay mucho más pero continuar el relato me conmueve otra vez, permítanme continuar.

Casi 40 minutos después estamos en nuestra primera parada oficial en la ruta de las minas de Inca de Oro. Vamos a poner en práctica eso de “catear”, “guías” y “vetas” que nos han enseñado por semanas y para lo que nos equipamos con herramientas e implementos de seguridad hasta los dientes. La idea es vivir la experiencia de ser pirquinero o al menos intentarlo, porque si algo hemos aprendido durante la jornada es que ser minero no es para cualquiera y requiere de un espíritu exaltado para soportar el desgaste, el encierro y el miedo inherente a estar bajo tierra sin nada más que tu fe y la confianza en tu equipo. Ya estamos en “Tres Puntas”, parte de la trinidad de plata que -junto a “Chañarcillo” y “Chimbero”- sostuvo a la región de Atacama durante el 1800 y principio del 1900. Recorremos su cementerio, no sin escalofríos producto del deterioro de sus tumbas y los evidentes intentos de saqueo, dicen que por ahí se encuentra un gran tesoro de oro.

Pocos metros más adelante apagamos los motores para ver el Qhapaq Ñan (camino del inca) y reflexionar sobre la herencia incaica en la zona, nuestros antepasados locales y las dimensiones de la organización de pueblos tan antiguos que los siglos se hacen pocos para calcular nuestra distancia de ellos. Continuamos hasta nuestro destino pero una parada inesperada se hace inevitable, en lo alto de la escuela en “Las Guías de California” una persona asoma como una sombra, tapando el sol como intentando ser identificado por nuestro guía… quizás sólo quiere compartir un rato de conversación. Acudimos a su llamado por orden de Fidel, sin ocultar nuestra intriga e interés por conocer el nombre de la sombra; dos minutos bastan y estamos frente a un hombre delgado de unos 75 años, vestido con ropa minera desgastada por el uso y con una mirada que invita a presentarnos. –Soy Héctor, dice. –Soldadito, replica Fidel y nos invita a hablar con un pirquinero del oro, de esos de verdad como en las historias, de los antiguos. Dice que lleva 40 años ininterrumpidos viviendo y trabajando en la soledad del desierto “porque el aire de por ahí es bueno para el asma”.

La emoción es evidente en el grupo, sólo falta 1 kilómetro para nuestro destino y sabemos lo que queda. La ansiedad comienza a apoderarse de algunos y la adrenalina sube en el resto, pero hay algo que compartimos, todos sabemos que viviremos algo que de no estar en Inca de Oro sería poco más que un comentario del tipo “te imaginas estar en una mina”… pero estamos aquí, con nuestros cascos y linternas, apunto de descender dentro de un agujero, con el espíritu exaltado para soportar el encierro y el miedo inherente a estar bajo tierra sin nada más que nuestra fe y la confianza en nuestro equipo.

Quieres saber cómo es entrar al corazón de la tierra? Ven a Inca de Oro, un paseo por la historia minera de Atacama, su gente y una tradición que resiste de pie el paso de los años, parada sobre los hombros duros de nobles pirquineros que mantienen una manera de vivir admirable, sin miedo al desierto más árido del mundo.